“Sólo somos extras” le dice Mick, el cineasta amigo de Fred en ese lujoso hotel y spa en plenos Alpes suizos, haciendo una referencia a que daba igual qué ser poblador de la tierra eres: hombre/mujer, artista, planta, animal, “lo único que tenemos son emociones”.
La vida de estos protagonistas se representa como una estancia en ese hotel, y no como la típica película que se desarrolla ante sus ojos, no, éstos aún están lejos de la muerte; de hecho, alguno comienza a vivir “la juventud” cuando termina su estancia. Ese hotel representa un universo en sí, un microcosmos, y esos personajes son sencillamente, emociones. Como el paracaidista que cae en mitad de un prado mientras las vacas pastan a sus anchas y dice “no tenía que aterrizar aquí”, ¿Quién no se ha sentido así alguna vez? Perdido.
Pero ¿Qué es la juventud? No creo que sea básicamente tener poca edad numérica, sería un concepto demasiado simplista, trillado y sujeto a una unidad de medida que al final hemos inventado nosotros. La edad está en el espíritu, y en cómo afrontamos los devenires tanto esperados (deseos, aspiraciones, metas) como inesperados (fracasos, pérdidas, decisiones…).
Hemos venido a este mundo a aprender a perder, y no se nos enseña en la infancia, ni en el colegio, ni de adolescentes, ni siquiera en el máster más prestigioso. Se nos enseña cuando nos sueltan de la mano y empezamos a transitar como podemos ese camino que es la vida. Y no nos queda más remedio que aprender. Perdemos cuando decidimos, cuando amamos, cuando sufrimos, cuando crecemos, cuando nos divertimos, sobre todo cuando nos divertimos. Porque el divertimento también pasa y lo estamos perdiendo, y pasa igual con el sufrimiento que también lo perdemos, pero esto no está tan mal.
La raíz etimológica de la palabra «aprender» es el verbo latino apprehendĕre, que significa «agarrar, comprender, percibir». En español, la palabra “aprender” en su tercera aceptación nos dice que es fijar algo en la memoria. Entonces es cuando perdemos algo y pasa el tiempo que esto ocurre, y creemos que nos preparamos para las siguientes pérdidas ¿Funciona así? ¿No?
“Dices que las emociones están sobrevaloradas, pero eso es una gilipollez. Las emociones son lo único que tenemos”.
Por lo tanto podríamos decir que, en definitiva, la juventud es una emoción ¿Puede una persona de 85 años sentirse joven? Rotundamente sí. Al igual que en el cuadro “Aún aprendo” de Goya, si el anciano aun está en condiciones de aprender, también lo estará para sentir la emoción de la juventud.
En la película, nuestro protagonista va aprendiendo a sentir las emociones y a no juzgarlas, se ha pasado la vida haciéndolo, menosprecia sus “obras simples” por ser eso, técnicamente simples, y banaliza la emoción que ellas generan en el público. Al parecer las compuso cuando aún amaba y sí que le daba importancia a las emociones.
Vivimos en una sociedad que desconfía de las emociones. Nos cuesta frenar, sentarnos a tomar un café y simplemente observar lo que nos rodea. Siempre con la mente en la próxima tarea, olvidamos cómo nos hacen sentir las cosas que de verdad nos gustan. En la película, un gesto tan simple como un masaje se convierte en una metáfora de lo que no se dice: el vínculo entre juventud y madurez, entre lo sencillo y lo bello, entre sentir y callar. Habría que aprender del personaje del actor, disfrazado de Hitler, que tras observar a las emociones hospedadas en el hotel decide transmitir tan sólo desde la emoción del deseo, dejando a un lado el sinsentido del horror, y sin importar como de inmorales, puros, imposibles, sean estos deseos.
– O sea, que me he hecho viejo sin entender cómo he llegado aquí.
– ¿Sabe lo que le espera fuera de aquí?
– No, ¿qué?
– La juventud.
Dejo el tema principal de la película:

Deja una respuesta